Cuando la igualdad se transforma en un absoluto, de forma que se convierte en una idea fija que excluye la posibilidad de cualquier diferencia, se llega a la confusión total, degenerando en una obsesión envidiosa cuyas consecuencias pueden dar lugar a los resultados más extravagantes que imaginarse quepa (Jesús T-F).
La igualdad de la que hablan el PSOE y Bibiana Aído no se refiere a la igualdad de oportunidades ante la ley, de acceso al trabajo en iguales condiciones, de un principio general de no discriminación en cualquier tipo de contratación o de aplicación de la norma jurídica. Por desgracia, no.
Dice la Ministra de Igualdad en su blog que “el debate y la reflexión sobre los nuevos roles de los hombres en la sociedad del siglo XXI es uno de nuestros objetivos estratégicos”. Este tipo de preocupaciones encajan con lo que mencionaba en el post anterior, que en palabras de Leire Pajín queda como sigue: “no se trata sólo de nombrar mujeres. Tienen que ser mujeres feministas, que se peleen por la liberación de la mujer”.
Este es uno de los caballos de batalla del feminismo radical. Se trata del principio de cuota, de una igualdad impuesta por la fuerza, paritaria, simétrica, identitaria. No es una cuestión de justicia equitativa. Y es cierto que existe esa injusticia histórica, pero no es solución repararla con otra injusticia.
Yo soy un convencido de que las mujeres pueden alcanzar poder por mérito propio, sin necesidad de acudir a las cuotas. Sustituir una discriminación sexista que priva al varón por otra igual que afirme a la mujer es una arbitrariedad que no tiene fundamento ni en la Constitución, ni en el respeto a la sana meritocracia en la selección y promoción de los cargos públicos.
Zapatero ha convertido la desigualdad entre los sexos es una verdad parcial que se absolutiza, convirtiéndose así en toda la verdad; por eso es la más peligrosa de las mentiras.