No suelo contar historias personales en el blog pero hoy haré una excepción, por la relación que tiene con un desgraciado suceso de actualidad. Y para poner en contexto mi punto de vista.
A principios de agosto de 2000 un buen amigo me invitó a visitar Jordania y Cisjordania. No desaproveché la ocasión porque, me dijo, sería la última oportunidad de hacerlo, dado que la situación geopolítica se calentaba sin remedio.
Tras una agradable visita de Jordania, de Jerash al Mar Muerto, de Petra a Wadi Rum, viajé a Cisjordania. Lo hice en un autobús completamente lleno de palestinos que necesitó 8 horas para cubrir los 88 kilómetros de distancia que hay entre Amman y Jerusalén. El problema no fue la carretera ni el tráfico. Bajo un sol de justicia, sin una gota de agua que llevarse a la boca, estuvimos recibiendo un trato humillante por parte de las autoridades israelíes. En el checkpoint del puente King Hussein un soldado se disculpó cuando vio mi pasaporte U.E. “No deberías cruzar con estos”, dijo.
Antes, en Jordania, había tenido ocasión de visitar algún campo de refugiados, en donde los palestinos viven una situación absolutamente intolerable, hacinados, tratados como animales, despreciados, conviviendo en una marginalidad impropia del ser humano. Dicen que es ahí, en la lucha por la simple supervivencia, donde germina el odio, el radicalismo, la violencia.
Estuve viviendo unos días en Ramallah, desde donde viajaba a Jerusalén y por la región. Unos días después de marcharme, se cumplió la predicción de Husam, y Ariel Sharon montó el circo de la explanada de las Mezquitas, que provocó el nacimiento de la segunda intifada. Israel aprovechó para denunciar Oslo I.
Con estos y otros muchos recuerdos en mi memoria, me asombran estos días los relatos de algunos comentaristas. He leído uno del GEES que me ha dejado petrificado, pues da pábulo a visiones sesgadas y partidistas. Comienza por el año 2005, con las elecciones que erigieron a Hamas al poder, ignorando -aposta- una realidad histórica que, sin tener que remontarnos a Balfour, 1948 o 1967, demuestra cómo los reiterados incumplimientos de los acuerdos han desembocado en la situación actual.
En 1993 bajo el mandato Clinton, se concedió un plazo de 5 años para que Israel abandonase los territorios ocupados y Palestina pudiese fijar una estructura estatal. Se acordó además solventar 2 problemas históricos y antagónicos, como el acceso palestino al agua y el retorno a su tierra de los refugiados. En el año 2000 Sharon provocó el nacimiento de la segunda intifada para cargarse el acuerdo.
Otro artículo incomprensible a mi juicio es el de Federico Quevedo, un gran periodista, pero que en esta ocasión no ha estado fino, titula: “Nuestra obligación es estar con Israel y no hacer tibios discursos pro-palestinos”. No podemos estandarizar este angosto y largo conflicto en la dicotomía izquierda-derecha. No está en el campo de las ideas, por favor, sino del cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas y del respeto a los derechos humanos. Tampoco podemos decir que la causa de que mueran muchos palestinos se debe a que “emplean a su propia población como escudos humanos” sin que se nos mueva ni un pelo de la cabeza.
Ya se ha superado la barrera de las 1.000 víctimas. 43 corresponden a personas que estaban en un colegio con bandera azul de Naciones Unidas. Para matar al Ministro del Interior palestino, Israel ataca una oficina de Naciones Unidas y un centro de prensa en Gaza. ¿No resulta inútil asesinar a víctimas colaterales, cuando además se cumple la máxima a rey muerto, rey puesto? ¿Valen más unas vidas que otras? La desproporción entre fuerzas no es flagrante, ni evidente: es insultante.
Es fácil emitir juicios desde nuestros cómodos despachos y casas y escribir en un bonito y potente PC sobre un conflicto que se conoce únicamente desde las posiciones mediáticas que cada cual consulta. Eso convierte esas opiniones en instrumentalizadas o mediatizadas.
El derecho a la legítima defensa no puede justificar la desproporcionada respuesta de Israel sobre la población civil. Se mata sin motivo, sin tener en cuenta ni la edad n la condición, si había un terrorista cerca se justifica la matanza de 5 ó 6 víctimas colaterales sin reparos. Mientras en Occidente nos llenamos la boca hablando de la presunción de inocencia, los bombardeos continúan, alimentando el odio y la venganza. Hasta un bebé puede distinguir entre el integrismo islámico y la población civil. Y en ese matiz están los derechos humanos más básicos, el derecho a la vida, la simple supervivencia.