Artículo de Jesús TRILLO-FIGUEROA publicado en La Razón de 6 de junio de 2009.
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La civilización europea se caracterizó siempre por una identidad que nadie ha negado nunca: el humanismo. Desde que Grecia, el cristianismo y el Renacimiento proclamaran que el hombre es el centro de todas las cosas, Europa se ha cimentado sobre un concepto: la naturaleza humana.
Por eso, los derechos y libertades pertenecen a todos los seres humanos sin distinción, por su propia naturaleza; como realidad previa al Estado o a la voluntad de cualquier pacto social.
Pero he aquí que el PSOE anuncia en su programa europeo un nuevo concepto: «la igualdad» asociada a la «ampliación de derechos». El problema es que no definen a quién pertenecen, pues parten del nuevo concepto propuesto por la inefable ministra de Igualdad: «Ser vivo pero no humano» que excluye lo «humano» como algo universal, y sólo se aplica a quien ellos decidan a través de la ley.
¿Se trata de derechos de las mujeres pero no de los hombres? ¿De los homosexuales pero no de los heterosexuales? ¿De los nacidos pero no de los concebidos? Las radicales consideraron siempre que la igualdad que debían conquistar está reñida con cualquier forma de diferencia, a la que llaman esencialismo; especialmente las diferencias naturales como el sexo y la edad, por eso rechazan el concepto de «naturaleza humana».
Amelia Valcárcel, una de las ideólogas del socialismo radical, explica que la «diferencia» es el resultado de esencializar, es decir, «definir a la mujer como algo distinto de lo humano en general». En consecuencia, lo «humano» es equivalente a lo masculino, y por ello es necesario rechazarlo de raíz: de ahí la radicalidad.
También Celia Amorós, la otra gran teórica del radicalismo español, considera que lo «humano» es «una impostura masculina», de manera que lo que hay que proponer es que «lo genéricamente humano sea deconstruido». En general, para la ideología radical lo «humano» es reflejo de la ideología machista: el patriarcado. Con la finalidad de exponer estas ideas y luchar contra la diferencia y lo «humano» como esencialismo, Celia Amorós escribió su libro «La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias para las mujeres» que fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo en 2006.
Hay que tener en cuenta la filosofía que subyace en ellas desde Simone de Beauvoir: «La mujer no nace, se hace». Ello quiere decir que antes de nacer no existe ninguna naturaleza como la humana; es la existencia y el proyecto vital de cada uno, lo que posteriormente definirá una u otra naturaleza; es decir, ser mujer, ser hombre, o bien ser transexual, bisexual o la identidad sexual que se quiera.
Por eso para esta filosofía existencialista radical, como bien decía Sartre, «no existe una naturaleza humana, previa a la existencia». Así, para ellas, en palabras de Beauvoir: «El feto es un invasor extraño que le robó a la mujer su individualidad».
La consecuencia más peligrosa de esta ideología es, como vio el entonces Cardenal Ratzinger, que el hombre llega al final del humanismo: «Se libera incluso de las exigencias de su propio cuerpo, y se considera un ser autónomo que se construye a sí mismo, una pura voluntad que se autocrea». Y lo que quieren crear es algo distinto de lo humano, que al fin y al cabo no es más que expresión del machismo.
El sueño final es el «cyborg», un «ser vivo» mezcla de biología e inteligencia artificial, que permita superar definitivamente la diferencia sexual; tal vez éste sea el sujeto desconocido «vivo pero no humano» de la «ampliación de derechos» con el que sueña para Europa nuestra ministra radical.