
Felipe González se une al colectivo socialista de medallistas de la legislatura conformado por él mismo y su amigo y compañero Antonio González Triviño (quie recordemos recibió por sus extraordinarios méritos de gestión la Medalla de Oro de Zaragoza).
El Profesor Guillermo Fatás ha recordado algunos de los méritos que concurren en el Excelentísimo Sr. D. Felipe González Márquez, que recibirá el Premio Aragón Internacional junto a M. Jacques Delors.
Después de esto me pregunto, ¿para cuándo una medalla a D. Luis Roldán, y cerrar así la cuadratura del círculo?
———–
Es bien sabido que, frente a una imagen expresiva y simple, a menudo no sirven de nada los buenos argumentos. El aragonés egoísta aferrado a un botijo que se niega a compartir con los sedientos es una inolvidable creación de Felipe González, en 1993.
EL HOMBRE DEL BOTIJO
La visión del aragonés cazurro y falto de entendederas no es nueva, pero tampoco antiquísima. Nace en el siglo XIX y presenta a un sujeto falto de instrucción con una visión paleta y suspicaz del mundo: está convencido de que, aunque todos quieran darle gato por liebre, será él quién los engañe, por ser más listo que nadie. Este tosco baturro, a lomos de su jumento, reta a la locomotora que silba con insistencia para que despeje la vía: una historieta famosa (y dañina) que puede datarse en el siglo XX, cuando el ferrocarril surcaba ya el Bajo Aragón.
La caricatura nació de la deformación de una virtud: el empeño aragonés en defender lo justo. En Aragón se establecieron pronto el derecho a la tutela judicial, la prohibición del tormento, la capacidad jurídica del menor, la protección eficaz de la viuda, la fuerza legal de la voluntad individual, la exigencia al poder del respeto por la ley y otras normas que permitieron definir a la comunidad de los aragoneses como distinguida por su derecho, que en ocasiones defendió con altos costos.
El mamarracho surgía de trocar la tenacidad en cabezonería y la rasmia en obcecación. Del aragonés perseverante se hizo un baturro empecinado, al que ha costado ir recluyendo en el reducto del humor grueso. Allí, por fin, acabó el adefesio, pues los aragoneses lograron, ante los demás y ante sí mismos, suscitar de nuevo una imagen colectiva más justa y favorable.
Más, inesperadamente, resurge el baturro cerril, con ropajes nuevos: aparece en escena un sujeto necio y egoísta abrazado a un botijo del que sólo puede beber él. Ya se sabe: el Ebro tiene agua de sobra y los aragoneses se niegan a compartirla con nadie, creyéndola de su exclusiva propiedad. Contra la simplificación, grosera y efectiva, no sirven argumentos: la inequidad, la desigualdad de oportunidades, los desequilibrios que vacían la España interior, la injusta y larga exclusión de los fondos europeos del Objetivo 1, la despoblación por aridez, las previsiones ilusorias de los trasvasistas, la existencia de remedios más eficaces y económicos, el sangrado actual del Ebro por varios trasvases y, en fin, la vigencia de normas europeas contra esta clase de obras gigantescas.
El tipo del botijo nació el 19 de enero de 1993 en el Palacio Real de Madrid y su padre fue Felipe González, a quién se le deberá gratitud, pero por otras causas. Era presidente del Gobierno y fabricó al personaje de un brochazo: “No se puede sentar uno en un botijo y decir ‘de aquí no me levanto’. Hay alguno que se sienta en su botijo y no deja beber a nadie cuando la gente se muere de sed“. Nada menos. Hablaba del trasvase del Ebro. Del hombre del botijo hizo Cano un arma aragonesa en sus dibujos de Heraldo, donde lo enfrentó al ahora flamante Premio Aragón Internacional.
Un tiempo después la idea redentora del trasvase resultó ser mala solamente porque la propuso el Gobierno del partido rival. Diecisiete años más tarde, es obvio que nadie a muerto de sed en España. En cambio, aquí siguen las cosas a medio hacer.
