via Alejandro Serrano | Where Spain stands and how it can break the current vicious circle it is trapped in

In a recent study by EF Education First, the English level of Spaniards was ranked 17th out of 19 European countries, representing 92% of the total European population excluding the UK and Ireland. Only Russia and Turkey obtain worse results than Spain in the ranking.

There is a strong positive correlation between level of English and GDP per capita. English level of countries, including Spain, is worse than what the GDP of the country would suggest.

Three years ago, the Spanish prime minister, Mr. Rodríguez Zapatero, announced a plan aimed at reaching an ambitious goal: “in 10 years, Spaniards leaving high school will speak fluent English,” he solemnly asserted. But reality is quite stubborn and gives today plenty of anecdotal evidence that this will not be quite the case. If you have visited or lived in Spain and tried to communicate in English in the street (no matter the age, old or young,) you know what I am talking about.

It is true that an effort is being done in private and public schools to put a remedy to this situation. A small, but increasingly portion of curricular time is already taught in English, and bilingual education is little by little gaining momentum in many schools. However, a huge problem to implement this plan is that there are not enough native teachers to teach English, thus students do not learn how to speak.

Try this: tell a 12-year-old good student to recite a list containing fifty irregular verbs (eat-ate-eaten and the like.) He or she will do it by heart, but will be incapable of correctly pronounce half of them. Let us face it: non-native teachers in Spain do not devote enough time to conversation in class (my group is too large is the usual excuse) and, even if they do, they lack the appropriate phonetics skills; even many of them speak English with an (often strong) Spanish accent.

In the business space, this unfilled educational gap leads to a clear situation of competitive disadvantage when Spanish firms try to compete with other firms in the international arena. It is not a coincidence that Spanish multinationals sell much more in Latin America than its European counterparts, who mainly sell in Europe, a much more natural market in terms of geographic distance. There is a huge language barrier, another one to add to the long list of Spanish barriers to achieve competitiveness.

How to break this vicious circle of low-skilled teachers and low-skilled students without spending enormous amounts of money on élite schools or “imported” teachers?

First, you have to start from the very beginning, taking care of the youngest by not translating cartoons on TV into Spanish  and movies for kids in theaters. Then you do the same for teenagers (first, the Harry Potters, then the twilights, then all the American movies, then…)

Second, the curriculum in schools has to be turned upside down. Start teaching only oral English in elementary school. Use cartoons, movies, and the internet to expose kids to native English. Start teaching writing skills to sixth or seventh graders, when they are ready to absorb grammar easily.

Finally, prevent students from digressing too much by learning other languages, such as German, or Italian, or French. Unless they have a clear vocation towards languages, English will be the only one they will most likely need at work. It is better to speak fluent English than intermediate German, English, Italian, and French.

Following these simple guidelines, in fifteen years, teenagers will have acquired the speaking skills that they lack today. The solution is not that original; see what the blue diamonds in the top-right part of the chart above (Norway, Denmark, Belgium, The Netherlands) have been doing for many years.

These are my two cents; it seems to me like a simple recipe for success. It is going to take a while, so the sooner they start, the better.

Archivado en España, Europa | Fecha: 29 de Diciembre de 2011 | 1 comentario »

Os adjunto un artículo extraordinario de Fernando García de Cortázar.

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PODÍA haber sido un militar, tal vez uno de los mejores. Pero hubiera sido sólo un militar. Su clase social y sus aspiraciones ilimitadas le empujaban más allá y le convirtieron sin dificultad en un excelente animal parlamentario. Podía haber sido un buen político, quizá uno de los mejores. Pero hubiera sido sólo un político. Provisto de una absoluta seguridad en sí mismo, Winston Churchill siempre quiso ser un hombre de Estado, un gobernante con verdadero sentido de la historia, un aristócrata dispuesto a emplearse a fondo por sus ideas y por el mantenimiento de un determinado tipo de sociedad y de nación, que creía insuperables.

Sin duda, los años de la Segunda Guerra Mundial fueron sus mejores años. Protagonizó la escena internacional , junto a Roosevelt, con el que celebró nueve cumbres, o Stalin, al que vio en cinco ocasiones, y agrupó a los británicos frente a Hitler como nadie hubiera sido capaz de hacerlo. Les exigió sólo lo que él estaba dispuesto a entregar: sangre, sudor y lágrimas. Juntos aguantaron el empellón nazi. Y juntos hicieron la señal definitiva de la victoria en Trafalgar Square, el día de la rendición de Alemania.

Aquel fue el momento estelar de sir Winston Churchill, su mayor contribución a la historia de Inglaterra. Por fin había cumplido con la responsabilidad a la que se sentía llamado como descendiente directo del duque de Marlborough, legendario vencedor de Luis XIV. Por fin había cabalgado junto a sus antepasados, y actuado a su nivel. ¿Quién, en el número 10 de Downing Street, podía pensar entonces en una derrota electoral? Y sin embargo, esta llegó: el 26 de julio de 1945, tan solo dos meses después de la rendición de Alemania, el viejo condotiero perdió las elecciones que él mismo había convocado y que estaba seguro de ganar. Victoriosos, sus compatriotas le abandonaron en las urnas. Y le devolvieron el recado de la guerra, aquel «sangre, sudor y lágrimas» del que ya se han cumplido setenta años y que Churchill había escrito con un ojo pendiente en las palabras que empleara Garibaldi para dirigirse a su grupo de soldados en pleno Risorgimento: «No ofrezco soldada, ni cuarteles ni aprovisionamiento. Ofrezco hambre, marchas forzadas, batallas y muerte».

Perder las elecciones de julio de 1945 fue la más profunda de las decepciones que vivió Churchill en su prolongada carrera política. «Nunca pensé que pudiera ocurrir tal cosa. Jamás imaginé tanto desprecio, semejante doblez. Un abandono así no me entra en la cabeza y, sobre todo, me amarga el corazón», dijo a su esposa Clementine y a su colaborador Anthony Eden después de conocer los resultados de las urnas, y, dando sorbitos a su habitual whisky con soda, como engullido sin remedio por un monólogo de Shakespeare, preguntó en voz alta: «¿Qué se hizo de tanto aplauso, del desbordamiento popular en el día de la victoria? ¿Cómo he podido dedicar mi vida a un oficio y a un pueblo tan engañosos, tan infieles, tan ingratos? ¿Acaso la vileza, la insidia y la traición son ahora las que mueven al pueblo británico? Han sido casi seis años sin apenas dormir, trabajando más horas que un forzado, sufriendo cada paso atrás, cada bombardeo, cada muerte de nuestros soldados. Y la angustia, esa compañera inseparable de mi estómago, que, si Dios no lo remedia, se va a quedar ahí para siempre».

Palabras amargas, curtidas con el sabor de la derrota «más humillante». Pero, aunque pueda parecer lo contrario, ganar una guerra, incluso de la manera en que la había ganado Churchill, tan personalmente, y, de inmediato, perder la paz, no es algo que pueda considerarse insólito en la historia. Sin ir más más allá del siglo XX, en 1945 Churchill podía mirarse en el espejo de Clemenceau, el más puro representante de republicano radical y quizá el político más laureado y, al mismo tiempo, menos llorado de Francia.

Si Churchill estaba seguro de que Inglaterra le pertenecía, Clemenceau siempre pensó que Francia le necesitaba. Lo creyó cuando lideró desde las páginas de «L´Aurore» la defensa del capitán Dreyfus, condenado injustamente por espionaje. Y lo creyó, sobre todo, durante la Primera Guerra Mundial, en los sombríos días de 1917-1918, cuando el triunfo bolchevique en Rusia dejó a Londres y París sin aliado en el Este, cuando los ejércitos franceses fueron destrozados en el frente occidental, los alemanes llegaron otra vez al Marne y todos hablaron del hundimiento de la nación. Tenía 76 años, pero también una energía y una voluntad extraordinarias: «Lucharé delante de París; lucharé en París; lucharé detrás de París», dijo con los alemanes a las puertas de la capital gala, dejando bien claro que no habría rendición, que no abandonaría nunca el combate porque, de hacerlo, la vergüenza teñiría para siempre la historia de Francia. Y así, convencido, como Churchill, de que el pueblo francés debía seguir luchando más allá incluso de la derrota, mantuvo su país unido hasta la victoria final. «La guerra está ganada —dijo al ver que las multitudes empezaban a desmontar los cañones—. Dádselos a los niños para que jueguen».

Vista su popularidad en la guerra, ¿ quién podía pensar que en menos de dos años el nombre de Clemenceau sería el nombre más muerto de Francia, quién podía imaginar que el hombre pletórico de gravedad y grandeza que en 1919 se reunía con Woodrow Wilson y Lloyd George para poner en pie una Europa en ruinas sería abandonado a los pies de sus enemigos políticos? Pero en política el porvenir es un mundo desconocido, un país extranjero lleno de celadas, giros insólitos y decepciones. En 1945, sumido en la más profunda de las decepciones, Churchill no podía olvidar los aplausos de la victoria. Veinticinco años atrás, Clemenceau tampoco podía borrar de su mente la moneda con que le habían pagado sus sacrificios: «Usted ha ganado la guerra, nosotros ganaremos la paz.»

En los días que siguieron a la humillación electoral, Churchill se vio a sí mismo en peor trance que Otelo, el moro de Venecia, «pues yo sí que soy un cornudo expuesto en plaza pública», pero todavía tuvo resuello para tomarse la revancha. Y, olvidándose para siempre del imperio perdido, suavizando sus ideas conservadoras, aceptando algunas de las reformas introducidas por los laboristas, reconquistó el número 10 de Downing Street. Clemenceau, no. «El Tigre», como le apodaron sus contemporáneos por los zarpazos de su oratoria, siguió la sencilla senda del griego Arístides, que el día que lo condenaron al ostracismo se despidió de sus compatriotas con estas palabras: «Espero, atenienses, que no volváis a tener ocasión de acordaros de mí».

Decía Scott Fitzgerald que el éxito conduce al delirio, y el fracaso a la lucidez. Por los mismos días del aniversario de la amarga derrota de Churchill, otro gran orador probaba el duro sabor de un fracaso electoral que nadie habría vaticinado un año atrás, cuando era aplaudido por las multitudes de su país y sus discursos le valían la presidencia de los Estados Unidos y el premio Nobel de la Paz. Por supuesto, hay grandes diferencias entre el mandatario británico y el norteamericano. Barak Obama no ha ganado ninguna guerra ni ha acertado en las decisiones inmediatas, que es lo que distingue a los gigantes políticos del resto de sus colegas, pero su descenso a la realidad no difiere en mucho del sufrido por Churchill en 1945. Como al viejo aristócrata inglés, al presidente norteamericano no le queda hoy otra salida que resolver el viejo dilema de Hamlet. Decidir si es más noble resignarse a las adversidades de la vida o hacerles frente y terminar con ellas.

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR ES DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN DOS DE MAYO, NACIÓN Y LIBERTAD

Archivado en España, Europa | Fecha: 3 de Enero de 2011 | Sin comentarios »

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