via I. Camacho | Reduccionismos. En la sociedad de la simplificación no hay razonamiento que supere el poder de una etiqueta. La fuerza emotiva de la propaganda se impone con un empuje devastador ante cualquier argumento que exija una cierta complejidad comprensiva. Menos es más en un universo esquemático, intelectualmente autolimitado, en el que un buen eslogan garantiza la supremacía de su marco mental frente al engorroso esfuerzo de las premisas explicativas. En el mundo de twitter han muerto las subordinadas y se han llevado a la tumba los matices. En su lugar triunfan los sintagmas sencillos, las proclamas elementales, las consignas de consumo inmediato.
Por esa razón, la lógica jurídica del proceso a Garzón tiene perdida de antemano la batalla emocional contra la manipulación propagandística que reduce la cuestión a una venganza del tardofranquismo y a un ajuste de cuentas corporativo. Una pancarta —o un titular de prensa— que presenta al juez como la última víctima de la dictadura es mucho más eficaz en su persuasión que los tochos de apretados folios de un sumario sobre prevaricación judicial. Para explicar que se trata de un proceso instruido sobre la base de que el magistrado se empeñó en abrir una causa a sabiendas de que no tenía competencias ni base para ello se necesitan al menos varios párrafos cargados de casuismo jurídico. Para concluir que se juzga al magistrado por tratar de hacer justicia sobre el franquismo basta en cambio con una frase, con medio renglón, con un pareado que se grita a las puertas de los tribunales y se abre paso fácil entre la opinión pública.
Si esto es así en términos generales, el solo nombre de Franco tiene la virtualidad de convertir la consigna en un mantra ideológico. El simplismo de causa-efecto genera una fascinación magnética en la prensa internacional al evocar el estereotipo más extendido sobre España: la pervivencia entre las estructuras democráticas de los estratos de la dictadura. Entre nosotros, el nombre del tirano ejerce de catalizador para una de las modas políticas e intelectuales más gratas en los últimos tiempos: lo que Joaquín Leguina llama el antifranquismo sobrevenido, esa vocación de resistencia tardía y retrospectiva con que cierto progresismo expía sus remordimientos generacionales. Únase a ello la escenografía solemne y rancia de un juicio en el Supremo, con sus alfombras carmesíes, sus ropones, sus altos sitiales, y tendremos el marco perfecto para un reduccionismo de demoledora eficacia victimista.
En ese silogismo artificioso, adulterado, ventajista, se mueve con soltura un Garzón acostumbrado a mecerse entre las olas de la adulación y la autocomplacencia. Si lo condenan será una conspiración de sombras, una artera maniobra reaccionaria. Si lo absuelven, habrá triunfado la movilización democrática. Curioso concepto de la justicia en un hombre dedicado a impartirla.
1 de Febrero de 2012 a las 12:33 pm
… y los power points también ha hecho lo suyo.